El cachorro y su mamá árbol

El cachorro y su mamá árbol

El cachorro y su mamá árbol Nuestra realidad cabalga a lomos de nuestras palabras; conocemos el mundo a través del lenguaje. Ahí radica nuestra libertad y también nuestra prisión.En los primeros meses de vida nuestro aprendizaje es experiencial a partir de nuestros sentidos: lo que vemos, tocamos, olemos, escuchamos o saboreamos representa nuestra fuente de conocimiento.Más tarde desarrollamos nuestro lenguaje y, a través de él, podemos saber que la leche…
No pienses en un elefante rosa

No pienses en un elefante rosa

Era Jueves Santo. Por la ventana del local el bullicio se movía en aparente orden hacia ambos lados de la calle. Hacía tiempo que había dejado de sonar la banda de música y se veían ya, mezclados entre la gente, a nazarenos con la cabeza descubierta y, posiblemente, el cansancio de la carrera mezclado con la emoción del momento.Dentro del local se respiraba espiritualidad, pero de otro tipo, la que…
Emociones y vida plena.

Emociones y vida plena.

     Casi al final de la sesión, dentro del microcosmos formado por el “solo yo aquí y ahora contigo”, él nombró una ciudad española. Mi mente, en conexión absoluta con sus emociones me llevó a una novela de Jostein Gaarder. Hasta ese momento no me había dado cuenta de todo lo que cabe en un par de segundos: conectar con el recuerdo de un libro leído quince años antes,…
¿Mi psicólogo piensa en mí entre sesiones?

¿Mi psicólogo piensa en mí entre sesiones?

     Según Irvin Yalom, esa es una gran pregunta que muchos pacientes no se atreven a formular: “Piensa alguna vez en mí entre sesiones o sencillamente desaparezco de su vida por el resto de la semana?     Mi trabajo se diferencia de otras intervenciones sanitarias en que cada consulta se expande más allá del espacio con inicio y fin de la consulta. El trabajo en terapia  se construye sobre…
Cuestión de tiempo. ¿Cuánto debe durar una sesión de terapia?

Cuestión de tiempo. ¿Cuánto debe durar una sesión de terapia?

Si tiramos de estadísticas, diré que mis sesiones duran una media de 60-70 minutos. Pero como mis pacientes nunca serán una estadística, diré, por ejemplo que una de mis sesiones de octubre duró tres horas y cuarenta minutos. ¿Una barbaridad? Mas bien yo diría que una necesidad. Las circunstancias marcan lo que el paciente necesita en cada momento. Dependiendo de lo fusionado que esté el paciente con su sufrimiento se va a necesitar más o menos tiempo en construir el proyecto terapéutico y en avanzar a través de él. En general, procuro anticipar las circunstancias, el momento por el que transita el paciente para hacerme una idea de lo que se llevará a cabo en la sesión y así programar mi agenda para evitar esperas innecesarias. Sigo la máxima de que el paciente nunca debe salir de mi consulta igual o peor a como llegó. El trabajo en terapia conlleva transitar por altibajos, por momentos duros, y por risas, por dolor y por esperanza, por abrir heridas y por cerrarlas, pero al igual que una enfermera o un cirujano no dejan a medias una sutura hasta la próxima consulta porque el tiempo se ha acabado, el terapeuta tampoco debe finalizar en el punto que marcan las agujas del reloj si el paciente no está en el momento óptimo para despedirse: en el momento en que está fortalecido, en el momento en que, dolorido aún, es capaz de caminar con la idea de que sus pasos le llevan por el camino de la superación del sufrimiento. Es en ese punto donde damos por finalizada la sesión, donde acompaño al paciente a la puerta para asegurarme que la esperanza y la fuerza van con él y no se quedan olvidadas en un rincón de la consulta y para recordarle que después recibirá, como siempre, mi whatsapp con los frutos que recogimos y con las tareas para cultivar los que recogeremos en la próxima sesión, para que esa fortaleza y esperanza no hayan sido sembradas en terreno baldío. Al fin y al cabo en eso consiste la terapia, en arrancar las malas hierbas, en podar las ramas, en abonar la tierra, en definitiva, trabajar duro en la dirección de obtener los frutos que el paciente merece y desea. Y en esta labor, las agujas de reloj siempre serán secundarias.