Si tiramos de estadísticas, diré que mis sesiones duran una media de 60-70 minutos. Pero como mis pacientes nunca serán una estadística, diré, por ejemplo que una de mis sesiones de octubre duró tres horas y cuarenta minutos. ¿Una barbaridad? Mas bien yo diría que una necesidad. Las circunstancias marcan lo que el paciente necesita en cada momento.
Dependiendo de lo fusionado que esté el paciente con su sufrimiento se va a necesitar más o menos tiempo en construir el proyecto terapéutico y en avanzar a través de él. En general, procuro anticipar las circunstancias, el momento por el que transita el paciente para hacerme una idea de lo que se llevará a cabo en la sesión y así programar mi agenda para evitar esperas innecesarias.
Sigo la máxima de que el paciente nunca debe salir de mi consulta igual o peor a como llegó. El trabajo en terapia conlleva transitar por altibajos, por momentos duros, y por risas, por dolor y por esperanza, por abrir heridas y por cerrarlas, pero al igual que una enfermera o un cirujano no dejan a medias una sutura hasta la próxima consulta porque el tiempo se ha acabado, el terapeuta tampoco debe finalizar en el punto que marcan las agujas del reloj si el paciente no está en el momento óptimo para despedirse: en el momento en que está fortalecido, en el momento en que, dolorido aún, es capaz de caminar con la idea de que sus pasos le llevan por el camino de la superación del sufrimiento.
Es en ese punto donde damos por finalizada la sesión, donde acompaño al paciente a la puerta para asegurarme que la esperanza y la fuerza van con él y no se quedan olvidadas en un rincón de la consulta y para recordarle que después recibirá, como siempre, mi whatsapp con los frutos que recogimos y con las tareas para cultivar los que recogeremos en la próxima sesión, para que esa fortaleza y esperanza no hayan sido sembradas en terreno baldío. Al fin y al cabo en eso consiste la terapia, en arrancar las malas hierbas, en podar las ramas, en abonar la tierra, en definitiva, trabajar duro en la dirección de obtener los frutos que el paciente merece y desea. Y en esta labor, las agujas de reloj siempre serán secundarias.