El cachorro y su mamá árbol

El cachorro y su mamá árbol

El cachorro y su mamá árbol

Nuestra realidad cabalga a lomos de nuestras palabras; conocemos el mundo a través del lenguaje. Ahí radica nuestra libertad y también nuestra prisión.

En los primeros meses de vida nuestro aprendizaje es experiencial a partir de nuestros sentidos: lo que vemos, tocamos, olemos, escuchamos o saboreamos representa nuestra fuente de conocimiento.

Más tarde desarrollamos nuestro lenguaje y, a través de él, podemos saber que la leche está demasiado caliente, que cruzar la calle es peligroso o que una serpiente es un animal que puede ser peligroso, y todo ello sin tener que experimentarlo, basta que nos lo diga mamá o papá. ¿Os imagináis si tuviéramos que pasar por todas y cada una de las experiencias peligrosas para aprender que lo son?

Ese lenguaje se va desarrollando de manera exponencial de manera que un significado se relaciona con otro, y este con otro y así hasta casi el infinito. De esa manera podemos vivenciar experiencias complejas sin vivirlas directamente: cuántos suspiros habrán causado las rimas de Bécquer en adolescentes ansiosos de sentir lo que se siente cuando las golondrinas aún revolotean a nuestro alrededor.

Si eres de las personas que leíste ese famoso poema, es muy posible que al leer la palabra “golondrina” en el párrafo anterior haya emergido una pequeña dosis de ternura o de melancolía, dependiendo del contexto en el que se dieron esas lecturas. Aquí es donde radica el aspecto más delicado del lenguaje: de la misma manera que se relacionan significados, también se relacionan contextos y funciones.

Nuestras emociones se asocian a símbolos según nuestra historia vivida: una palabra no es más que un símbolo escrito o escuchado cuyo significado no se parece a lo que representa (de hecho son diferentes en cada idioma). Es nuestra historia personal y social la que aporta significado y función a las palabras:  reggaeton, balada, terrorismo, Chiquito de la Calzada, cáncer, fiesta, son solo conjunto de símbolos, pero han adquirido la capacidad de hacer emerger emociones distintas, formando un mapa individual irrepetible porque irrepetible es la historia de cada uno de nosotros.

El número de relaciones entre palabras es casi infinito. Se dice que el lenguaje es generativo porque las personas podemos crear frases que jamás hemos escuchado. Si elegimos tres palabras al azar, podemos formar frases con sentido que las enlace. Dadas, por ejemplo, árbol, cachorro, mamá, podrás deducir de dónde salió el título de este artículo. 

Crear realidades a partir del lenguaje nos hace libres; derivar funciones a partir del lenguaje nos puede hacer prisioneros: una persona que haya perdido su cachorro, que haya sido maltratado por su madre o que añore en la lejanía de los bosques de su tierra, exportará las emociones de esas palabras las otras dos restantes: se habrán transformado las funciones de las otras dos. Son esos contextos verbales los que aportan significado a la experiencia adulta, los que crean nuestra realidad.

Analizar el contexto verbal de la persona es una de las claves en la Terapia de Aceptación y Compromiso, ayudar a la persona a darse cuenta, acompañarla hacia una nueva realidad percibida y, en consecuencia, modificar su  realidad sentida. En definitiva, la terapia aplicada a poseer el lenguaje en vez de ser poseídos por él.