No pienses en un elefante rosa

No pienses en un elefante rosa

Era Jueves Santo. Por la ventana del local el bullicio se movía en aparente orden hacia ambos lados de la calle. Hacía tiempo que había dejado de sonar la banda de música y se veían ya, mezclados entre la gente, a nazarenos con la cabeza descubierta y, posiblemente, el cansancio de la carrera mezclado con la emoción del momento.

Dentro del local se respiraba espiritualidad, pero de otro tipo, la que emana de esos espacios bien trabajados que hacen que la mochila de tu rutina no entre contigo, sin que te des apenas cuenta de ello (así nos sentíamos en Caesura).

Desde el coqueto rincón donde estaba situada la mesa se entreveía una estantería con libros entre los que destacaba una portada en la que se veía un elefante rosa. Por un instante, aquella imagen de la obra de Saramago me llevó al espacio de la consulta:

– “Y, ¿si te pido que no pienses en un elefante rosa…?”

Es frecuente que la persona crea que las causas de su sufrimiento psicológico son determinados pensamientos que acuden sin permiso a su mente. Con buena lógica, si un pensamiento me causa dolor, si elimino el pensamiento, el dolor desaparece. Pero lo lógico no siempre es psicológico y, en este caso, esta estrategia no funciona.

Y no funciona porque, en primer lugar, no es posible expulsar un pensamiento. Y aquí es donde entra mi socorrido elefante rosa, el recurso que propongo para tomar contacto con la experiencia de que no querer pensar en algo es la mejor manera de pensar en ello.

A menudo, el intento de eliminar un pensamiento doloroso lo hace más persistente, por lo que se incrementa el dolor y a su vez el empeño por eliminarlo, y así sucesivamente, generándose una espiral que lleva a procesos de ansiedad altamente incapacitantes.

En segundo lugar, la psicología contextual ha demostrado que los pensamientos están relacionados con el sufrimiento, pero no son su causa. Por ejemplo, tener el pensamiento de que es posible que haya una cucaracha en el baño se relacionará con la emoción de angustia en una persona con fobia a las cucarachas y con curiosidad en una persona aficionada a la entomología. No es el pensamiento entonces la causa del sufrimiento, sino la interacción entre la persona y su contexto, y la relación que mantiene con sus pensamientos.

En el curso de la terapia trabajamos los elementos clave de esa compleja interacción. Este viaje, que comienza con un elefante rosa, finaliza cuando la persona camina avanzando en sus direcciones valiosas mientras contempla sus pensamientos y elige si prestarles atención o, simplemente, dejarlos estar.

Porque yo no necesito expulsar ningún pensamiento…, ni tú tampoco.