Casi al final de la sesión, dentro del microcosmos formado por el “solo yo aquí y ahora contigo”, él nombró una ciudad española. Mi mente, en conexión absoluta con sus emociones me llevó a una novela de Jostein Gaarder. Hasta ese momento no me había dado cuenta de todo lo que cabe en un par de segundos: conectar con el recuerdo de un libro leído quince años antes, repasar amplitud de sus matices y validarlo como herramienta terapéutica al servicio de lo que era útil en la dirección valiosa de ese paciente. Te propongo, le dije, leer La joven de la naranjas.
No era la primera vez que propongo la lectura de alguna obra literaria en el curso de la terapia (El gorrión blanco de Daniel Silva Cortés, Elena de las estrellas de C.P. Rosenthal, 22 maneras de gritar sin voz de Ana Martínez, por ejemplo). Pero La joven de las naranjas la había leído 15 años antes y no podía estar seguro de haber omitido algún detalle que pudiera alterar el resultado que pretendía facilitar. Así que decidí releerlo.
En todas las sesiones trabajamos las emociones, unas veces de forma directa y explícita y otras de forma implícita e indirecta. Al fin y al cabo en la inmensa mayoría de los casos son esas emociones las que han traído al paciente a consulta, o mejor dicho, su dificultad para tomar contacto con ellas y, derivado de ello, su necesidad de eliminarlas. Su lógica le dice que expulsarlas le llevará a sentirse bien. Pero muchas veces lo lógico no es psicológico. Y ahí comienza nuestro camino en terapia: un viaje que nos irá llevando hacia el lugar en el que tomar contacto con la experiencia de que la meta no es sentirse bien, sino vivir bien y sentirse como sea que uno se siente mientras se vive bien.
Las dos tardes que ocupé en la relectura de La muchacha de las naranjas me pusieron en contacto con emociones opuestas y tan intensas como hacía mucho que no recordaba. Unas pocas páginas separaban mis hondos suspiros de las temblorosas lágrimas. Por momentos me sentí muy mal, pero era consciente de que la catarsis de aquella lectura me devolvía el mensaje que yo sembraba a diario en mis sesiones: me siento mal pero estoy bien, posiblemente mejor que nunca.
Así acabó mi lectura, como así suele acabar la terapia, con la persona observando sus emociones, llevándolas a su lado con la misma naturalidad que lleva su sombra, mientras camina ágil en las direcciones valiosas que la acercan a lo que para ella es una vida plena.

