Andaba yo buscando la plácida desconexión que me dan un café y una tostada en mi ratito de descanso matinal y, mira por donde, del televisor del fondo del bar me llegó una voz dulce presentando a una nutricionista y a una psicóloga. Iban a hablar de psiconutrición, en concreto de la llamada ingesta emocional, de cómo las emociones influyen en la conducta de comer. Mi atención quedó fijada en la pantalla. Me asombró ver cómo fue la presentadora quien espontáneamente hizo referencia al mindfulness como técnica de ayuda para esta cuestión y de repente me percaté de que en los últimos meses había visto emerger varias veces al mindfulness en lugares sospechosos: un curso de un fin de semana en los salones de un hotel, sesiones guiadas por un autodenominado coach, libros de autoayuda en los escaparates de las librerías, y ahora como herramienta para controlar cuándo se come: ¿tenemos mindfulness hasta en la sopa?. Pues parece que, por un tiempo al menos, sí. Mindfulness es la traducción al inglés de la palabra sati procedente de la lengua Pali de la India. En castellano vendría a significar algo así como conciencia plena, o atención plena. Esta práctica tiene sus raíces en la meditación budista y en esencia consiste en la toma de conciencia del momento presente, sin juicios, con aceptación, conectar con el aquí y el ahora, con lo que estamos sintiendo, pensando o haciendo en ese momento, aceptándolo sin juzgarlo. Este es el núcleo de su filosofía y de su práctica. Relativamente fácil de entender, un poco más costoso de integrar como rutina en la vida cotidiana, entre otras cosas porque supone una occidentalización de solo una parte de una amplia filosofía oriental, es extraer una pieza de un puzzle perfecto e intentar encajarla en otro para el que no fue diseñada. Lógicamente conlleva dificultades y para soslayarlas y facilitar su integración o rutinización, diferentes autores han ido incluyendo numerosos ejercicios prácticos. Este mindfulness, que podríamos llamar normalizado, y que nos han definido autores como John Kabat-Zinn, Thich Nhat Hanh o el español Vicente Simón, es una herramienta útil para ayudar a la persona a centrarse en el aquí y el ahora, para tomar perspectiva respecto a pensamientos recurrentes, preocupaciones, miedos, conductas evitativas. Esto es mucho, pero según para qué, no es suficiente.
Y aquí en donde entra el mindfulness que se vende como remedio milagroso Al igual que una llave inglesa es una herramienta útil, de poco nos valdrá si pretendemos con ella apagar nuestra sed o saciar nuestro hambre, si alguien pretende vendernos el mindfulness como la solución a nuestros problemas estará poco más que vendiéndonos una llave inglesa. Tengámoslo en cuenta para evitar convertirlo en el ungüento amarillo, que para todo se usa y para nada vale. Porque si bien es cierto que hay evidencia de que es útil, lo es de forma relativa. Como en casi todo en la vida no hay verdades absolutas. El zumo de naranja ¿es saludable?, pues sí; ¿vale para el dolor de espalda? pues no; ¿y para la acidez de estómago?, pues todo lo contrario.
Cuentan mis mayores que en los años del hambre tras la guerra civil, el ingenio hizo que un hombre que se hacía pasar por médico visitara asíduamente los campos de los alrededores en busca de clientela. Fuese cual fuese el mal diagnosticado, a todos sus pacientes prescribía siempre el mismo remedio: bicarbonato. Tras esta pícara y aparente inocua prescripción se escondía el serio riesgo del efecto nocivo del bicarbonato para alguien que fuera hipertenso. De la misma manera el mindfulness si no se aplica de forma adecuada puede tener efectos perjudiciales (por ejemplo ansiedad o ataques de pánico). No me cabe duda de que en pleno siglo XXI no recurriríamos al médico del bicarbonato. De igual manera ¿no deberíamos cuidarnos de charlatanes que anuncian la piedra filosofal de la felicidad? Apliquemos el sentido común y confiemos sólo en profesionales suficientemente formados. En esta dirección apunta Elena Campos, investigadora en el CSIC y actualmente presidenta de la APETP (Asociación para proteger al Enfermo de las Terapias Pseudocientíficas). Para Elena “el mindfulness debe ser impartido por un psicólogo, puesto que es su área de competencia».
En el ámbito de la psicología, en los últimos años se han venido publicando estudios donde se afirma la utilidad de esta técnica para determinados problemas relacionados con la salud. De forma análoga a la famosa pregunta de qué fue primero si el huevo o la gallina, es interesante saber si los estudios publicados anteceden al hecho de que esta técnica se haya puesto de moda o ha sido su fama la que ha inducido la publicación de estudios en esa dirección. En 2016 un grupo de investigadores elaboraron un metaanálisis en el que encontraron una exageración en los resultados sobre la eficacia del mindfulness. El sesgo de publicación era una de las hipotéticas causas. De todas formas parece que sí hay cierta evidencia de que su efecto es mejor que no hacer nada y mejor que el placebo, aunque inferior a técnicas tales como el control de la respiración o de relajación. De forma más o menos estructurada, algunas terapias psicológicas de tercera generación han incorporado ejercicios de mindfulness. Cuando se aplica como parte integrante de una terapia más completa, el mindfulness toma otro cariz. La diferencia es que la psicología sabe por qué, sabe para qué, a quién, cómo y en qué momento se debe aplicar. El psicólogo induce ajustes en los mecanismos que subyacen a los desórdenes mentales y lo hace en tiempo y forma, lo que cada persona necesita y cuando lo necesita, teniendo en cuenta siempre el contexto en el que se encuentra, porque, parafraseando a Ortega, cada persona es ella y sus circunstancias, y éstas circunstancias y la forma en que las vive son tan idiosincráticas como lo es su propia huella dactilar. Hace unos días, algunos alumnos de posgrado de Experto en Terapias Contextuales y profesores de la Universidad de Almería hemos debatido sobre la aplicación terapéutica del mindfulness. Nos preocupa que se utilicen herramientas de forma que puedan perjudicar a las personas. No se trata sólo de engañar, sino de algo mucho mas serio, de destruir su esperanza. En este sentido, ciertas prácticas de mindfulness, al igual que la mayoría de los libros de autoayuda, pueden dañar mucho a quien confía su bienestar a ellos. Cuando de esta manera se destruye la ilusión, a menudo su lugar lo ocupa la desesperanza, y los psicólogos sabemos que ésta es una mano que a menudo empuja hacia un desenlace terrible. Seamos todo lo sensatos que podamos y separemos el grano de la paja. La vida es demasiado breve y demasiado importante como para confiar su rumbo a charlatanes de feria.
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