
El uso y abuso del tabaco es, por su prevalencia, un campo por el que muchos psicólogos han transitado en primera persona. En este sentido, porque he conocido la fuerza de tan gigantesco enemigo y porque he vivido de cerca sus trágicos efectos en la salud de las personas, no podía dejar escapar la XIX Semana sin Humo de la semFYC sin aportar un modesto grano de arena en la lucha contra esta lacra. Por eso comparto el cartel que encabeza este post y las siguientes palabras.
Los que hemos sido fumadores sabemos que el primer cigarro es una experiencia que resulta aversiva. Las contingencias fisiológicas que desencadena ese primer cigarrillo (mareos, náuseas, mal sabor de boca, taquicardia) deberían ser motivo suficiente para que no hubiera lugar a un segundo. Pero, desgraciadamente, no siempre es así. Lichtenstein (1982) menciona como factores que facilitan el inicio del hábito al papel de rebeldía, la anticipación del rol de adulto, la presión social, el modelado de padres e iguales y la publicidad.
Murphy y Price (1998) investigaron acerca de los factores que predecían la adquisición del hábito, encontrando que los más importantes eran una baja autoestima, tener padres fumadores y la intención declarada de convertirse en fumadores. El mantenimiento del hábito, considera Lichtenstein que estaría facilitado por el factor fisiológico de la nicotina, las consecuencias positivas, los estímulos del entorno y la finalización de los efectos negativos provocados por el síndrome de abstinencia. La nicotina es un alcaloide clasificado como una droga; es por tanto capaz de generar dependencia, es decir, la suspensión de su consumo causa síndrome de abstinencia, y tolerancia, lo que implica que cada vez sea necesario un consumo mayor para conseguir el mismo efecto.
De forma gradual los estímulos (situaciones, ambientes, objetos, personas, etc.) que acompañan los efectos positivos inmediatos que siguen al consumo del cigarrillo en el ya fumador, adquieren por condicionamiento clásico el valor positivo de dichos efectos y se convierten en estímulos discriminativos que dispararán con su sola presencia la necesidad ansiosa de fumar (craving). He aquí, cómo con el tiempo fumar se convierte en conducta necesaria para el fumador.
Porque fumar es una conducta. Aunque el manual diagnóstico de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, DSM V, considera la dependencia al tabaco, así como su síndrome de abstinencia, como trastornos, desde la psicología contextual consideramos fumar como una conducta. Nos chirría bastante la tendencia a patologizar comportamientos. Desde esta perspectiva el fumador no es un enfermo, es una persona que mantiene una conducta no adaptativa y de riesgo. Por ende, dejar de fumar no es curarse, sino sustituir una conducta por otra más beneficiosa.
Llegado a este punto no voy a exponer ninguna razón para dejar el tabaco. No sería ni necesario ni útil. Aunque parezca paradoja, las razones para no fumar son para muchos conocidas e ignoradas al mismo tiempo.
El psicólogo estadounidense Leon Festinger explicó cómo a los seres humanos los pensamientos contradictorios nos causan tensión. Disonancia cognitiva llamó a ese malestar y evidenció que para reducirlo nos embarcamos en la búsqueda de argumentos que modifiquen uno de los pensamientos y así poder dormir a pierna suelta. Es lo que hizo la zorra cuando tras no alcanzar las uvas se dijo que estaban verdes, y es lo que hacen muchos fumadores ante argumentos que hacen saliente la necesidad de abandonar el hábito: que los fumadores tienen una esperanza de vida 10 años menor, pues vale, pero fulanito fumó toda la vida y murió a los 101 años; que fumar provoca cáncer, pues de algo hay que morir; que el tabaco es una de las principales causas de muerte, sí, pero las estadísticas no son más que estadísticas… Recuerdo que hace catorce años, cuando dejé de fumar, los autoengaños que más me costó eliminar fueron los pensamientos redundantes acerca de que mi vida no podría ser igual de intensa sin el tabaco: el aroma del café no volvería a ser el mismo, ni el sabor de una caña, ni la conversación con los amigos. Tremenda aquivocación, porque estas experiencias no fueron menos intensas sino mucho más: el aroma, el sabor y la sensación de libertad en la relaciones con los demás adquirieron en poco tiempo, por contraste, un nivel próximo a la excelencia.
En psicología el modelo transteórico de Prochaska y Diclemente y la entrevista motivacional de Miller son herramientas que facilitan el cambio. El problema es la captación del fumador, pues no es muy común que ésta sea la causa que lo lleve a consulta con un psicólogo. Pero hay un lugar donde sí se puede gestar el “milagro”:
A finales de abril asistí a una sesión clínica que impartía María Román, una residente de medicina de familia que estaba rotando en ese momento por el departamento de neumología. La sesión era sobre deshabituación tabáquica y consideré interesante conocer el enfoque que se le daba a esta cuestión desde la medicina actual. Me sorprendió muy gratamente conocer que se está aplicando, no sólo desde las unidades especializadas al efecto, sino también desde atención primaria, una estrategia estructurada multicomponente que contiene mucho de lo que la ciencia psicológica ha venido investigando. No voy a exponer aquí las razones (me alargaría en exceso) pero salí con la clara idea de que posiblemente la consulta de médico y de la enfermera de familia sea el lugar ideal para iniciar el proceso del cambio quizás más importante en toda la vida de un fumador: dejar de serlo.
Si eres fumador y has leído hasta aquí, mira fíjamente a uno de tus cigarrillos y piensa si quieres romper tu relación de dependencia hacia él (sé consciente de que él manda en tu vida). Si la respuesta es afirmativa, comunícale la noticia a tus allegados y pide cita para tu médico. Si la respuesta es un no, al menos sigue leyendo, por favor.
El apoyo psicológico puede ser de gran ayuda en la deshabituación tabáquica. Los aportes de la ciencia psicológica a esta cuestión pueden contribuir de forma importante al éxito en la extinción de la conducta de fumar. Además de consolidar la motivación y de reforzar los avances, el análisis funcional que se desarrolla desde la psicología conductual permite al terapeuta identificar las circunstancias que anteceden a la conducta, las consecuencias que la siguen y cómo se relacionan todas ellas. La conducta de fumar es una conducta compleja, con multitud de estímulos antecedentes, discriminantes, precipitantes, variables organísmicas y respuestas cognitivas, motoras y fisiológicas, todo ello mutuamente imbricado. Solapado con las vivencias diarias, el tabaco aparece en todas ellas sin ser visto, con el fin de derrotar hasta la más férrea de las voluntades. Sesión a sesión el psicólogo y el fumador marcarán juntos la estrategia que vaya desactivando uno a uno los momentos críticos, que cada vez serán menos y más distanciados. Recientemente, desde las terapias contextuales se ofrece un nuevo escenario para el afrontamiento del proceso de dejar de fumar. Entre ellas, la Terapia de Aceptación y Compromiso ha conseguido superiores resultados comparada con otras terapias empleadas al efecto (Hernández, 2012) y, al mismo tiempo, facilita una conexión más auténtica con las experiencias y los valores de la persona.
Esta mañana he mantenido una conversación telefónica con una representante de la Asociación Española Contra el Cáncer acerca de una mesa informativa que van a instalar en el Centro de Salud el día 31 de mayo con motivo del Día Mundial Sin Tabaco. Ayudaremos en lo que podamos. En el escrito que tengo en mi mesa, nos informan de que en esa Asociación se imparten cursos presenciales para personas que deseen abandonar el tabaco. También cuentan con una aplicación para el móvil con ese fin. Magnífica labor de concienciación y de ayuda, porque: ¿se puede abandonar el tabaco?, por supuesto que sí; ¿merece la pena intentarlo?. Siempre merecerá la pena. Por la persona que fuma, y por la gente que la aprecia. Dejar de fumar es una decisión que afecta positivamente a la salud, al bienestar y a la libertad de la persona, ¿cómo no va a merecer la pena intentarlo?
¿Y tú? ¿Te apuntas al cambio?: Si fumas, decide libremente; si no fumas, por favor, comparte. Sinceramente siento que con una sola persona que dé el paso, habrá merecido la pena el esfuerzo de redactar estas palabras.
Referencias:
Lichtenstein, E. (1982). The smoking problem: A behavior perspective. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 50, 804-819
Murphy, N.T. y Price, C.J. (1988). The influence of self-esteem, parental smoking, and living in tobacco production region on adolescent smoking behaviors. Journal of School Health, 58, 401-405.
Hernández, M. (2012) Una intervención breve para dejar de fumar basada en ACT. En Múltiples Aplicaciones de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), Pérez y Gutierrez (Eds). Editorial Pirámide. Madrid.