Después de saludar al representante de la asociación me senté y esperé a que comenzara el acto. Su objetivo era dar a conocer el trabajo de voluntariado en escucha activa en el ámbito de la salud mental. La charla tenía lugar en un centro de salud público e iba destinada a los profesionales del mismo.
Sentía curiosidad por ver cómo se iban a acoplar unas piezas con difícil encaje: una actividad no sanitaria (los escuchantes no eran profesionales de la salud), la salud mental y la solicitud de derivación por parte de los profesionales del sistema sanitario público.
Me entristecí al observar que la manera de hacerlo era restarle evidencia a la evidencia. El principal argumento esgrimido fue el anacrónico “en terapia psicológica no son las técnicas sino la relación de escucha lo que cura” Esta afirmación expresada por Irving Yalom hace casi cuarenta años, va contra la evidencia acumulada de las últimas décadas por la que, por ejemplo, a partir de una ingente cantidad de estudios se ha encontrado una importante superioridad de las terapias contextuales a la hora de abordar la mayoría de los problemas de salud mental.
La terapia psicológica es un proceso complejo que entrelaza desde el primer momento la escucha, el análisis y la devolución en un proceso continuo que se retroalimenta a sí mismo. La cosecha de un buen resultado comienza por reconocer el terreno y su historia (escuchar a la persona), labrarlo adaptándolo al cultivo (análisis y establecimiento de objetivos terapéuticos), sembrar (devolverle mensajes funcionales y trabajos específicos) y motivarla para trabajar hasta recoger el fruto. Todo ello requiere un buen manejo de las técnicas establecidas para cada uno de esos procesos. Una sesión es un contexto espacio temporal en el que todo ocurre para algo; rige la máxima de que el terapeuta no debe decir nada que no sepa para qué lo dice.
El arte de la terapia es el cultivo de todo ello, sobre la base de las técnicas con aval científico y, sobre todo, con mucho amor y pasión por la persona. Cuando esto se da, la cosecha aparece, el fruto, la magia. Es el punto en el que nos miramos a los ojos y esa mirada es un brindis por el trabajo mutuo bien hecho.