Nido semivacío

síndrome del nido vacío

Photo by Laura Ockel on Unsplash     

     A veces se me olvida apagar la cafetera. Es automática y tras cinco minutos sin interactuar con un humano, repite el mismo enjuague que tras el encendido y se apaga: un protocolo bastante ruidoso que quizás por haberse asociado al olor a café recién hecho, ha dejado de ser ruido para convertirse en sonido agradablemente  hogareño.

     Esta tarde la cafetera sonó y como ya habíamos tomado café, pensé que la rezagada era mi hija. Error: era el apagado automático, porque mi hija llevaba ya bastantes días a 300 kilómetros de distancia. De nuevo la nostalgia concentrada en un instante; de nuevo el nido casi vacío.

     El sol de septiembre y octubre va transformando las tardes en penumbra y frialdad. Quizás por eso sean meses tristes, lo cual no es necesariamente una desgracia. No hay emociones malas: unas nos resultan agradables y otras no, pero todas tienen su función. Y la función de la tristeza es detener por un instante a la persona con el fin de prepararla para arrancar en las nuevas circunstancias.

     En septiembre vuelan muchos hijos en busca de una vocación que le prometen universidades lejanas. Los volanderos dejan un nido semivacío en el que es frecuente que anide ahora la nostalgia, prima hermana de la tristeza. Bien sea una u otra emoción la que se imponga, es un sano afrontamiento para la transición de rol en la que los padres dejamos de ser los principales protectores y los hijos deben poner en práctica a solas el ejercicio de la responsabilidad.

     Ahora toca educar a distancia, y la mejor forma de hacerlo es centrarnos en el presente y transmitírselo. El pasado es quien evoca la nostalgia y si no salimos de él nos atrapará en su tela de araña; el futuro es el lugar imaginario donde nacen las preocupaciones, que no son más que ideas temidas acerca de lo que pasará y que  en la inmensa mayoría de las ocasiones no ocurre ni  por asomo. Llenemos el nido semivacío de semillas de presente y serán las que nos irán llevando día a día al futuro real, sin las distorsiones que nos producen las emociones del pasado o las preocupaciones. 

     Y no olvidemos que el dejar volar a nuestros hijos es nuestra obligación como madres y padres. Una obligación a la que el dolor transforma en un profundo acto de amor.  Hace años que me quedaron grabadas las maravillosas palabras de  Arundhati Roy en la dedicatoria de su novela  El dios de las pequeñas cosas:  a mi madre … … “que me quiso tanto como para dejarme marchar”.

     Por todo ello estoy convencido que a partir de hoy en mi casa, el olor a café recién hecho me llevará al recuerdo de Ana, a un suspiro y al esbozo de una sonrisa.