
La noche cae y escucho a Chica Sobresalto, o Maialen, la mujer que cambió sus estudios de psicología por la guitarra. Suena su canción “Mejor que nadie” y la pongo en bucle para escucharla varias veces. Después abro el portátil y me animo a escribir sobre ello.
Los sociólogos han dividido las sociedades en individualistas y colectivistas. El mundo occidental pertenece a la primera categoría; oriente, a la segunda. La principal diferencia radica en que las culturas individualistas anteponen los objetivos personales y en las sociedades colectivistas los objetivos de la comunidad. (¿Tendrá esto algo que ver en la diferencia del comportamiento ciudadano que ha dado como resultado tan distinto control de la COVID-19 en China y Occidente?).
A la sociedad capitalista que predomina en Occidente se le reprocha, entre otras cosas, el excesivo fomento del individualismo, sembrar la idea de que hay que ser el mejor, que el de al lado es el rival, que la vida es una lucha continua en la que sólo vale ganar al otro.
Me resulta triste ver rostros agresivos de alevines compitiendo en partidos de fútbol mientras algunos padres increpan al contrario o insultan al árbitro. Pero no se trata sólo de deporte. Esta ideología inunda todo lo que nos rodea: estudios, trabajo y últimamente la imagen que reflejamos en las redes sociales. En psicología decimos que actuamos guiados por una motivación hacia el rendimiento. Y tiene sus consecuencias, tanto a nivel psicológico como a nivel social. Con frecuencia las personas que buscan solamente el resultado de sus acciones tomarán como punto de referencia el resultado que obtienen los demás, y esa comparativa es la que les llevará a la necesidad de ganar al otro, de ser mejor que él o que ella. Se ha comprobado que este tipo de motivación conduce con más frecuencia al abandono de los objetivos, a sintomatología depresiva y a la aparición de emociones negativas respecto al futuro.
De lo escrito podría pensarse que competir es perjudicial. En absoluto lo es, siempre que se elija el adversario adecuado, porque en el lado opuesto de la motivación hacia el rendimiento se encuentra la motivación hacia el desarrollo, que también se caracteriza por la comparación, pero sustituye el adversario: ya no son los demás, sino la propia persona: competir por mejorar con respecto a sí mismo. Solo hay ganadores, no hay perdedores.
Me viene el recuerdo de “We are the champions”, de Queen. Freddie Mercury nos dice que “nosotros somos los campeones, no hay tiempo para los perdedores”. Pero para los victoriosos no son necesarios los derrotados si nuestros adversarios somos nosotros mismos: la vida como competición en la que todos ganan y nadie pierde.
Sigue sonando la canción de Mai: “yo no quiero ser mejor que nadie, ni lo necesito… solo quiero ser la mejor de todas las opciones de mí”. Mientras, repaso lo que he escrito: los pensamientos, una vez puestos en palabras sobre un papel, son experiencias que se pueden cambiar, y con su cambio, también nos modificamos nosotros en ese adaptativo proceso que es el intentar ser un poquito mejores de lo que fuimos ayer.
