Feliz 2019. Pero ¿de qué hablas?

         Posiblemente “feliz  y próspero año nuevo” sean las palabras más pronunciadas en estos días. Detrás de esta frase se esconde la idea de que tras la felicidad está el destino y que seré feliz si me pasan cosas buenas. Pero esta fórmula es reversible, también funciona al revés: me pasan cosas buenas porque soy feliz. Esto que algunos llaman el karma tiene una base estudiada por la psicología que vendría decirnos que sentirse bien facilita afrontar con más éxito las vicisitudes del día a día, lo que a su vez nos hace sentir bien: más que karma  es espiral positiva.

          Si bien la felicidad viene siendo un objetivo perseguido desde tiempos remotos, definirla   no ha sido tarea fácil. Y como no hay viento favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige, resulta necesario saber de qué hablamos cuando hablamos de felicidad.

          La filosofía griega clásica ya se acercó a esta cuestión: para Epicuro y su visión hedónica, la clave estaba en obtener placer y evitar el dolor; para los estoicos, la eudaimonía o felicidad radicaba en la virtud de vivir con arreglo a unos valores; Aristóteles, se quedó en un punto intermedio entre ambas concepciones. Con algunas variaciones, las distintas corrientes de pensamiento posteriores se han ido situando en algún punto de este continuo. Ya que la filosofía no ha logrado aportar un criterio único, veamos qué nos dice la ciencia en relación a la felicidad, o al bienestar, que es el término más utilizado por la psicología para referirse a esta cuestión.

          En 1948 la Organización Mundial de la Salud definió la salud como un estado completo de bienestar físico, mental y social y no meramente la ausencia de enfermedad. Y es que salud y bienestar están íntimamente ligados, y no sólo atendiendo a la salud mental, sino también a la salud física. Algunos datos apuntan claramente a esta relación, como, por ejemplo, que las personas felices viven entre 7,5 y 10 años más que las no felices, o que en personas sanas, sentirse felices o no, ejerce un efecto sobre la esperanza de vida similar a fumar o no fumar.

          En la segunda mitad del siglo XX la psicología abordó la conceptualización y evaluación de la felicidad desde la perspectiva científica. El psicólogo norteamericano Ed Diener fue uno de los pioneros en el estudio de la felicidad. Diener la llamó Bienestar Subjetivo y con ello quería significar que lo que afecta a la felicidad no es lo que nos sucede sino cómo se vive y afronta lo que nos sucede. Su teoría es larga y compleja pero podría resumirse escuetamente diciendo que la felicidad es experimentar con frecuencia más emociones positivas que negativas, sin pasarse, (porque el exceso de afecto positivo tiene consecuencias negativas) y sin que esas emociones positivas sean demasiado intensas. Ya tenemos una aproximación a lo que es la felicidad. Ahora lo más importante ¿como se llega a ella?

          Mucho ha trabajado la psicología para diseccionar la felicidad y mostrarnos cuales son los factores clave en los que los psicólogos podemos actuar para que la persona se acerque a ella por el camino adecuado. Estos factores que afectan directamente a la felicidad son básicamente: la percepción de autoeficacia; de autoaceptación; de autonomía; la implicación en metas significativas; tener una perspectiva optimista de uno mismo y del mundo; la utilización de habilidades de afrontamiento adecuadas, y mantener buenas relaciones interpersonales. El resto de circunstancias que ocurren nuestra vida diaria son importantes para sentirnos felices en cuanto afecten a los factores anteriores. Todo ello forma un mapa complejo y único para cada persona. La evaluación en terapia nos permite dibujarlo y encontrar los eslabones débiles de la cadena de elementos que lleva a cada persona a sentirse feliz o infeliz. Una vez descubiertos, psicólogo y paciente podrán en marcha las estrategias más adecuadas para que se produzca el cambio de rumbo.

          Cuentan que un joven pasó por el escaparate de un concesionario de automóviles deportivos y se enamoró de un modelo que estaba expuesto. El precio era muy elevado y desde ese mismo día el joven comenzó a ahorrar para poder, en un futuro, conducir el coche de sus sueños. Iban pasando los años y los modelos de aquella marca de deportivo iban actualizándose, pero el joven, ya adulto seguía luchando por su propósito. Se casó, tuvo hijos, cambió de trabajo, y cada día que pasaba iba reservando unas monedas en su caja fuerte para poder conseguir el deportivo soñado. Así, moneda a moneda, ilusión tras ilusión, el joven llegó a la edad de jubilarse y con ello recuperó lo invertido en un plan de pensiones. Con este dinero llegó a casa, abrió la caja fuerte, contabilizó lo que había ahorrado toda su vida y comprobó que ya había reunido dinero suficiente para cumplir el sueño de toda su vida. Se puso su traje más nuevo, se fue al concesionario y firmó la compra. Le temblaban las manos cuando tomó la llaves y arrancó el maravilloso vehículo. Circuló unos metros, detuvo el coche, se quedó pensativo unos minutos y se lanzó una pregunta en voz alta ¿y a partir de ahora…, qué?. Otra de las cuestiones que nos ha aclarado la psicología es que la felicidad no es un fin último sino un proceso. Parafraseando la famosa máxima de Gandhi, no hay caminos para llegar a la felicidad, la felicidad es el camino. En este sentido, mi mujer me preguntaba hace unos días “si tu vida finalizara ahora, dirías que ha sido plena”. Yo le contesté, “tú bien sabes que considero la plenitud y la felicidad no como un destino sino como un viaje, entonces, cualquier estación en la que me apee me parecerá adecuada”.

 Y dicho todo esto:

Feliz 2019, y próspero viaje.