Tiempo de regalos: chiquiliquirdí, la palabra más hermosa.

       Nunca me han apasionado en exceso las reglas generales en psicología. Preceptos que pueden aplicarse a todas las personas los hay, pero es la forma en que cada persona experimenta lo que le ocurre lo que define aquello en lo que piensa, lo que hace y lo que siente. Al fin y el cabo el ser humano es en algunos aspectos como todos los demás seres humanos, como algunos seres humanos en otros y como ninguno en muchos más. Por eso, es estas fechas de papás noeles y reyes magos no voy a dar consejos pretenciosos sobre cual el mejor regalo. En su lugar trazaré unas pinceladas para que cada uno de vosotros podáis ampliar el foco con el que miramos la complicada a veces tarea de simbolizar mediante un obsequio nuestros afectos hacia los demás.

       Para la psicología de raíz conductista hacer un regalo es simplemente realizar una conducta, y digo simplemente aunque se trata de una conducta compleja. Podríamos afinar más el concepto diciendo que la conducta de realizar un obsequio no es más que un acto de comunicación. Esta frase queda fea y fría, pero no por ello deja de ser cierta. Y como acto comunicativo, se pueden distinguir en ella una serie de elementos entre los que destacan emisor, mensaje, receptor y contexto. Cada acto de regalar lleva implícito un cierto nivel de énfasis en cada uno de esos elementos.

       El énfasis se centra en el emisor cuando, de una forma consciente o no, el origen que dispara la idea de hacer un regalo es el enorme placer que siente la persona que lo hace. Qué subidón de endorfinas nos provoca cada obsequio que damos (si es bien recibido, claro). En el lenguaje de Richard Dawkins es una muestra de egoismo genético; pero que nadie se crea mala persona por haberse sentido así, porque se trata nada más y nada menos que de una ventaja adaptativa que ha permitido sobrevivir a nuestra especie: se trata de una pequeña dosis de altruismo que es la base de la supervivencia del animal social que, queramos o no, somos. Sobre la materia prima de la conducta programada genéticamente actúan los rasgos de personalidad de cada uno de nosotros, pero eso es ya harina de otro costal.

        La publicidad se ha encargado de que el énfasis del mensaje que representa un obsequio se centre en el producto en sí. El arte publicitario utiliza todas las artimañas legales conocidas para persuadirnos de que lo importante es el qué. Desde aquel famoso “un diamante es para siempre” hasta los mensajes de dispositivos con manzanas mordidas, nuestra libertad de elegir se encuentra atrapada detrás de los cristales de un escaparate, de un televisor o entre las páginas perecederas de un folleto publicitario.

       Cuando planeamos hacer un regalo, también podemos poner el énfasis en el receptor. Enternecedor. Tú como persona te lo mereces todo. No voy a atreverme a decir que no… pero he aquí que esta idea nos lleva a la paradoja de que “eres importante en cuanto a los regalos que tengas”: peligro para la salud mental.

      Los psicólogos contextuales damos una importancia vital a la función de la conducta. Nos interesa lo que haces en cuanto a para qué lo haces. He aquí que cuando fulanito hace un obsequio a menganito pueden haber en el fondo del cajón donde almacenamos nuestros propósitos, funciones tan variadas como: te regalo esto porque te quiero, porque es tu cumpleaños, porque quiero educarte, por que necesitas el regalo, porque tú me regalaste primero, porque tengo este objeto y no lo quiero, etc., o una combinación de ellas. Esta función afecta al contexto comunicativo, y con él al emisor, al regalo y al receptor, y es la que determina el regalo perfecto en cada momento.

       Sería muy hermoso que el acto de regalar respondiera siempre a la frase “yo te regalo a tí esto como símbolo de que me importas”, pero no siempre es así, y no pasa nada. La función marca lo que es idóneo o no en cada ocasión, y afecta a los diferentes elementos haciendo que cada caso sea diferente a los demás. Por eso comencé este artículo diciendo que no pretendía dar pautas con validez global. No las he dado, simplemente espero que estas lineas hayan servido de reflexión acerca de quién, qué, a quién y para qué hacer un determinado regalo. A ver si podéis identificar cada uno de esos elementos en esta historia que os paso a narrar a continuación:

Era un día soleado y desde la carretera los diferentes tonos de verde se veían aterciopelados. Ana, con su voz metálica amenizaba mi viaje anclada a su alza infantil en el asiento trasero. Hablábamos de historias fantásticas y yo le contaba alguna de algún libro que había leído. Ella me preguntó si en ese libro se hablaba de regalos fantásticos y yo le dije que sí. Tras unos segundos de silencio le propuse que nos hiciéramos un regalo único y creado para la ocasión, un regalo que nadie nunca jamás hubiese tenido: una palabra inventada. Y en algún instante del aquel dulce trayecto entre Badajoz y Olivenza, yo le regalé orniflor y Ana me regaló chiquiliquirdí. Desde entonces, chiquiliquirdí es para mí la palabra más hermosa del mundo.