Vacunas

 

      Las teorías de la personalidad vienen a confirmar que las personas somos estables en gran medida. Nos comportamos y nos percibimos tal y como lo hacíamos ayer, y lo mismo ocurrirá mañana, a  no ser que un acontecimiento traumático nos despierte de pronto a la realidad de que lo inmutable es sólo una dulce ilusión. También creemos ilusoriamente durante buena parte de nuestra vida que la salud es un bien duradero y que ciertas enfermedades serias sólo les ocurren a los demás.

          Esto,  que podríamos llamar sesgo de estabilidad,  tiene una función adaptativa. A nuestra mente le viene muy bien un mundo y un yo  estables, y por ello predecibles. De ese modo podrá trabajar más  en modo piloto automático y dejar libre la conciencia para otros menesteres. Es adaptativo, pues, conocer las leyes de lo que acontece, pero cuidado en no olvidar las excepciones, que en lo relativo a la salud, se convierten en asunto  vital. Aquí es probablemente donde más cruel se vuelve la tan escuchada frase de lo que pudo haber sido y no fue (pensamiento contrafactual lo llamamos los psicólogos).  ¿Qué consuelo queda para la persona que se convierte en paciente de una enfermedad grave que pudo haber evitado?. “La tragedia es la diferencia entre lo que es y lo que pudo haber sido” dijo una vez Abba Eban.

          Desde la psicología se sabe que el ser humano  tiende a infravalorar la probabilidad de que le ocurra algo malo. Y como ocurre con los sesgos cognitivos, el hecho de saber que ocurre no evita que sigamos cayendo en el error. No recuerdo la última vez que sufrí un corte o herida, pero lo que sí recuerdo es que, a pesar de trabajar en un Centro de Salud, no me preocupé de vacunarme del  tétanos, y si alguien en ese momento me hubiese preguntado sobre la posibilidad de contraer dicha enfermedad le hubiera contestado rotundamente que ninguna. ¿Estaría en lo cierto? Por supuesto que no.

          Esta semana es la Semana Mundial de la Inmunización organizada por la OMS. Con ese motivo, unas compañeras del Centro de Salud han participado activamente en un acto de información y concienciación de lo importante que son las vacunas como medio de prevención de la enfermedad. Mientras Teresa y María informaban a los pacientes de forma amable y eficaz sobre la importancia de vacunarse, me di cuenta de que ellas formaban parte de un equipo de luchadoras y luchadores por la salud,  pero que había otro equipo rival, había otra versión de la realidad circulando por las redes que alimentan la llamada era de la posverdad.
          Las creencias en graves efectos nocivos de las vacunas  se han propagado desde hace años. Se las ha propuesto como causantes de enfermedades autoinmunes, autismo, TDAH y otras muchas. En la actualidad, internet y las redes sociales constituyen un medio en el que se generan y difunden, muchas veces de forma cíclica,  cadenas de información de dudosa veracidad y elevado sensacionalismo: hábitat perfecto para la pervivencia de creencias pseudocientíficas.
          No es este el lugar para analizar la eficacia de la vacunación ni los riesgos de su administración. Tampoco mi formación académica me permitiría hacerlo con el  rigor que merece. Este es un sitio con vocación de reflexión. Para ello, imitando el método socrático que tan útil es en la terapia psicológica de hoy en día, voy a lanzar algunas preguntas al respecto, pero como heme aquí que esto no es un diálogo sino un monólogo, no me queda más remedio que esbozar una breve respuesta que procuraré que sea lo más aséptica posible:

¿Cuál es el objetivo de administrar una vacuna?  

¿Cuál es la alternativa a las vacunas?

¿En quién debo confiar?

         La primera pregunta es fácil de responder. Aunque siguen circulando teorías que defienden que detrás de las vacunas está el negocio de las grandes multinacionales farmacéuticas, lo cierto es que  la larguísima trayectoria de este método preventivo indica claramente que el objetivo de una vacuna es la prevención. Nada más que decir.

          ¿Cuál es la alternativa a las vacunas? Para esta pregunta solo conozco una respuesta científicamente válida: la alternativa a las vacunas es la enfermedad. Cuestión de probabilidad, cierto, pero probabilidad que, en este caso, se traduce en un riesgo significativamente mayor de contraer la enfermedad en personas no vacunadas. Quiero aclarar que para nada soy de los que defienden la bondad farmacológica a capa y espada. En  el campo de la psicopatología, que es donde éticamente me permito opinar con más conocimiento, no soy partidario de la medicación si existen alternativas terapéuticas psicológicas al menos con el mismo nivel de evidencia, es decir, cuando la ciencia ha demostrado que son, por lo menos, igual de eficaces que la medicación.

         Para acabar de responder a la cuestión de las alternativas me voy a permitir un juego de palabras para introducir la variable, a mi parecer, más delicada y a la vez dar respuesta a la tercera de las preguntas que planteé más arriba: Para las vacunas, al igual que para la enfermedad, la alternativa nunca es la medicina alternativa, nunca es la terapia alternativa, considerando como tales al conjunto de practicas que así se definen, tales como la homeopatía, el reiki, las constelaciones familiares,  las flores de bach, etc, etc. y que carecen de eficacia científicamente probada.

          Aún más,   estas llamadas medicinas / terapias alternativas/complementarias no deberían llamarse medicina ni terapia.      La Teoría de los Marcos Relacionales, que ha aportado mucha luz  a cuestiones relacionadas con el lenguaje, ha venido a explicar cómo una palabra adquiere  significado contextual cuando se asocia de forma continuada con otras palabras. De aquí se deduce  que cuando se asocian palabras como complementaria o alternativa con otras como terapia o medicina, una parte del significado de estas últimas queda ligado a las primeras. A pesar de que se advierta de la falta de evidencia en los resultados de estas actividades, una parte del significado ya está construido de forma implícita por esta asociación.
          Estas razones me bastan para atreverme a responder  a la tercera de las preguntas, ¿en quién debemos confiar?: depositemos nuestra confianza en  profesionales cualificados que trabajan día a día, desde el rigor que aporta la ciencia, en hacer posible que en materia de salud no tengamos que arrepentirnos algún día de lo que pudo haber sido y no fue.