Aprender a emprender

          Mi hijo pequeño es guía turístico. Tiene 12 años. No es cuestión vocacional, ni viene de familia, ni conoce a nadie que se dedique a ello. Nada de eso. Resulta que esa es la actividad que han elegido en su colegio para fomentar el espíritu emprendedor.

          Todo comenzó hace unos años, cuando las autoridades de turno decidieron que los niños de sexto de educación primaria debían formarse en cultura emprendedora.  A nivel personal, reconozco que  juntar en una misma frase las palabras “educación”, “cultura” y “emprendedora” me resulta un poco extraño. Será porque la conjunción economía y cultura siempre me produjo cierta desconfianza.

          Claro, que a lo mejor las autoridades de turno pensaron que Platón no le basta al hombre para ser feliz. Pero también es posible que a gente tan instruida,  Lou Marinoff y su “Más Platón y menos Prozac” les hubiera convencido de lo contrario. Claro que ser conscientes de la importancia de reducir el Prozac les habría llevado a darse cuenta de lo crucial que resulta el abordar de forma directa en las escuelas cuestiones tales como la gestión emocional, la construcción del autoconcepto,  la adaptación psicológica al contexto y otras por el estilo. En esta dialéctica materialista/psicológica me hallaba cuando de pronto me vino a la mente un escrito de Louis Althusser.

           Busqué en la memoria de mi ordenador y éste recuperó el texto que leí catorce años atrás. En concreto, el párrafo que mi memoria trajo a colación dice exactamente: ”…en la escuela se aprenden las «reglas” del buen uso, es decir, de las conveniencias que debe observar todo agente de la división del trabajo, según el puesto que está «destinado» a ocupar: reglas de moral y de conciencia cívica y profesional, lo que significa en realidad reglas del respeto a la división social-técnica del trabajo y, en definitiva, reglas del orden establecido por la dominación de clase.” Mira, pensé, que si esto de adroctinar en  emprendimiento era un medio que utiliza el sistema para garantizar lo que Althusser llama “reproducción de las condiciones de producción”…

            Con este discurrir prejuicioso (por no exhaustivo), comenzó el curso escolar, y mi hijo pequeño tenía por delante la opción de participar en este programa educativo, denominado junioremprende. Y lo hizo.

             En su colegio tomó la forma de una cooperativa de guías turísticos.  A partir del estudio de la historia de la ciudad, y con un carácter eminentemente práctico, los niños se embarcan en el proceso de creación y gestión (adaptada) de la cooperativa. Se percibe una base  de metodología constructivista y de aprendizaje por proyectos que, según pedagogos y psicopedagogos, es tan eficaz en la asimilación y adaptación que lleva implícito el proceso de aprender. La consideración del aprendizaje como construcción de significado convierte al aprendiz  en el punto de partida, el centro y el final de la instrucción. El niño que enseñando aprende, el guía que guía el conocimiento… y al final de la metáfora, el aprender a aprender, máxima que me sirve para el juego de palabras con el que titulo estas reflexiones.

           Del interior de las  frases espontáneas que emergen en las largas conversaciones que suelo mantener  con mi hijo, he percibido cómo la implicación en actividades certeramente elegidas por los profesores  y la utilización de adecuados recursos comunitarios  han convertido a este programa educativo en una experiencia de aprendizaje diferente y motivadora.  “Descubriendo la senda del Guadiana”, que así se llama la actividad, se ha convertido en una aventura que ha grabado  en él conocimientos que afloran de forma automática cuando los estímulos discriminativos se hacen presente (es decir, cuando viene a cuento).

         Si voy más allá en el análisis, no sabría decir si esta actividad ha hecho brotar el espíritu emprendedor en el pupilo. Más aún dudo de que este brote le fuese más útil en su vida que el amor a las letras que procuro abonar a diario en su mente en formación. Pero de lo que sí estoy seguro es que ha aprendido experiencias más enriquecedoras  que las pretendidas en primera instancia por el programa pro-emprendimiento.
         Y es que el aprendizaje declarativo es sólo una  parte; la adquisición explícita de conocimientos en una persona que se está formando (en la concepción amplia del término) es sólo un gajo del total de la naranja. El niño, en su conocer el mundo que le rodea, al mismo tiempo aprende a relacionarse con ese mundo y con el de los demás, aprende a conocer las necesidades del otro y las suyas propias, y lo más importante, aprende a conocerse a sí mismo a partir de todo lo anterior.

         Antes de iniciar la búsqueda de sí mismo por confrontación al otro, propia de la adolescencia, el niño necesita contar con las herramientas imprescindibles que suponen un autoconcepto adecuado y una autoestima suficiente. Por ello en esta etapa es tan importante reforzar la actitud colaborativa y no la competitiva, y  lograr que mantenga separada su valía personal de los resultados que obtiene. Un niño siempre será valioso  porque es un niño. Los resultados no son el niño, sino la consecuencia de una serie de variables que casi siempre  están fuera él.
         Estos programas educativos son un buen escenario para poner todo esto en práctica y a la vez poder conseguir (quizás por última vez) que todos estos niños que están dejando de serlo se sientan  viajeros de primera clase. La famosa frase de «Rebelión en la Granja» de Orwell, “todos somos iguales, pero algunos más iguales que otros”, aplicada a los pre-adolescentes es, además de dañina, cruel.

 

 

Enlace al blog: Descubriendo la senda del Guadiana: