El boletín de notas: reflexión para padres preocupados (o no)

     En unos días les dan las notas a mis hijos y, como siempre, cierto nivel de ansiedad se instala en mí. Y no es que me tema sorpresas, es la inercia de la costumbre la que ha hecho que desde hace más de una década ese evento altere mi rutina más que el sorteo de la lotería del Gordo de Navidad.

     Hace cuestión de un mes  comencé a releer Juegos de la edad tardía,  la gran novela del extremeño Luis Landero (profesor además de novelista). En ella, uno de sus personajes cuenta que al acostarse, su padre le preguntaba: “¿Qué has aprendido hoy?”, y si no había aprendido nada lo hacía salir a la calle, aunque fuese invierno, y no lo dejaba entrar hasta que volvía con alguna buena enseñanza. Reconozco que desde la primera vez de leí la novela se me grabó la escena y desde entonces a menudo le pregunto a mis hijos cuando llegan con la mochila “A ver, ¿qué has aprendido hoy?”. Pero en esta tercera lectura sentí  un impulso que me disparó como un resorte hacia libros y apuntes dormidos en mis estantes en busca de información sobre qué  respuesta sería la más adecuada   cuando mis hijos  me muestren los tres boletines de notas este 21 de diciembre.

     Si tuviera que exponer aquí todo lo que la psicología ha postulado, investigado, hipotetizado y comprobado acerca de esta cuestión, habría material para leer más allá de un curso académico, así que me voy a ceñir a unas pocas cuestiones básicas pero de gran importancia.

     Las notas, aunque es obvio decirlo, son una medida en la evaluación del estudiante. En la historia de la psicología, medición y educación han ido de la mano desde que la primera apenas gateaba a principios de siglo XX. Medir la estatura de los alumnos es cuestión sencilla, pero medir su rendimiento o su aprendizaje no lo es. Carmines y Seller (1979) definen la medición en este ámbito  como “el proceso de unir conceptos abstractos con indicadores empíricos” y para este proceso la psicología de la educación diferenció entre medición basada en la norma y  medición basada en el criterio. La medición basada en la norma pretende indicar el lugar que ocupa un alumno respecto a los demás y la medición basada en el criterio mide cuánto sabe el alumno respecto a lo que debería saber según el currículo o conjunto de conocimientos que se pretende que alcance. Esta diferenciación tiene gran importancia, porque afectará directamente al tipo de motivación que desarrollarán nuestros hijos.

  Cuando la medida de la evaluación tiene como objetivo la comparación con los otros, el estudiante desarrollará la llamada motivación hacia el rendimiento; por contra, cuando la evaluación se hace respecto al criterio se desarrollará la motivación de aprendizaje. Vale, pero ¿que implica esto?. Varias cosas:

  • El alumno con motivación hacia el rendimiento considera como objetivo principal el resultado, es decir la calificación en sí, (¿qué más da si he copiado, lo importante es que aprobé, piensan algunos). Podría parecer que perseguir un resultado como motivación no está mal, pero la psicología ha demostrado el “lado oscuro”  de dicha motivación: las personas cuyo objetivo es el rendimiento, es decir, el resultado, ante las dificultades tienen tendencia a abandonar la tarea o a deprimirse y entran en un estado de indefensión (emociones negativas, expectativas negativas sobre el futuro…)

  • Sin embargo, para el alumno con motivación de aprendizaje o desarrollo, el resultado pasa a segundo plano y se considera el proceso de aprendizaje como el objetivo prioritario. Las personas con esta motivación ven el fracaso como  una oportunidad para mejorar y se sienten estimulados y desafiados por las tareas difíciles, en lugar de amenazados por ellas (Anderman y Wolters, 2006).

     Por otro lado, ambos tipos de motivaciones están relacionados con otra cuestión fundamental: ¿considera el estudiante que su capacidad/inteligencia es algo inamovible que viene dado al nacer, o, por el contrario, que es una característica que se puede desarrollar?. Las personas que creen que la inteligencia es fija desarrollan una motivación de rendimiento y aquellas que piensan que es incremental desarrollan motivación de desarrollo. Cualquier estudiante da por hecho de que la masa muscular y el rendimiento deportivo son mejorables mediante el esfuerzo del entrenamiento. El saber que su capacidad cognitiva puede mejorarse también mediante el esfuerzo diario y mediante determinadas estrategias de aprendizaje afectará directamente a su motivación.  

    Pero además esta cuestión se relaciona con los tres mosqueteros del bienestar emocional, las “tres A”: Autoestima, Autoconcepto y  Autoeficacia. El niño y el adolescente creen que son como le decimos que son; esas personitas en construcción y esos ya grandullones que se están buscando en el espejo que representamos los demás, son tremendamente sensibles a los calificativos que reciben de las personas de influencia. Cualquier intervención por nuestra parte que le induzca a creer que un mal resultado es debido a que son como son y como serán siempre puede grabar a fuego en su mente en construcción unas tres A limitantes de por vida. También en el caso de que las calificaciones sean inmejorables la idea de que es el resultado de unas capacidades fijas  resultará a la larga perjudicial. No son pocos los alumnos con excelencia en las calificaciones que ante el primer fracaso (y siempre hay un primer fracaso) lo interpretan como indicativo de baja capacidad y responden al mismo con un patrón de indefensión.

    De estos conceptos, especialmente relevante para el estudiante es la autoeficacia, definida por Albert Bandura como la creencia en la propia capacidad de organizar y ejecutar los cursos de acción necesarios para gestionar las situaciones posibles. Este autor afirma que la autoeficacia puede influir en la elección de tareas por parte del alumno, es esfuerzo invertido, la persistencia y el rendimiento. En este sentido, Bermudez (2003) estudió el impacto  en los procesos motivacionales en personas con altas creencias en autoeficacia y encontró que éstas seleccionan metas más difíciles y desafiantes; muestran mayor esfuerzo, persistencia y rendimiento; se aproximan a las tareas con estados de ánimo más favorables y afrontan mejor las situaciones negativas o de estrés.
     Muchas son los recortes de teorías y de investigaciones que podría añadir aquí y que tal vez expondré en otra ocasión. Pero el fin de estos párrafos era elaborar y justificar la respuesta que daré a mis hijos cuando compartan conmigo su boletín de notas. Y esa respuesta contendrá una frase mucho más simple y sencilla que todo lo que he expuesto, pero que está impregnada del espíritu de todo ello:
Hija, hijo, esto que me muestras es la medida de lo que has trabajado, lo mismo que el documento que me entregues dentro de tres meses será la medida de lo que trabajes desde ahora hasta ese momento”.

   En estas tres líneas está implícita la evaluación respecto a sí mismo (criterio), el carácter incremental de la capacidad y la correspondiente motivación de aprendizaje. Pero además, en el diálogo en el que la incluya,  y en todos los que habrá después, iré dejando caer estos mensajes camuflados y en pequeñas dosis , como pequeñas semillas escondidas entre la maleza de las palabras de lo cotidiano, porque, como nos dice Jorge Bucay en uno de sus cuentos «cada semilla sabe cómo llegar a ser árbol».
   Las cuestiones abordadas aquí están basadas en  psicología científica (considero que la ciencia es la mejor de las maneras posibles de buscar la verdad)  Puesto que lo mismo que una alegría compartida es doble alegría y una verdad no contada acaba convirtiéndose en media mentira, comparto con vosotros, padres preocupados (o no), estas reflexiones construidas desde la modesta parte de ciencia y literatura que habita entre mis libros.