Navidad ¿dulce Navidad?

Navidad ¿dulce Navidad?

     

     Esta mañana desperté a mi hijo pequeño con el beso de rigor y cuando la realidad de lunes se le hizo consciente soltó un emotivo  bufido. Me entristeció el gesto sonoro y volví a besarle con ternura al tiempo que se me ocurrió un plan para ilusionar la lluviosa mañana de diciembre: esta tarde tú y yo colocaremos las luces nuevas en el árbol de Navidad. Tras estas palabras, la criatura levantó la cabeza de la almohada y me dirigió una mirada profunda de asombro/incredulidad/susto tan intensa, que estuve a punto de volver la cabeza para averiguar si la causa de tal gesto era una aparición maligna a mis espaldas. “¿qué me está contando mi padre?”, pensaría, “él, que nunca quiso saber nada de la Navidad, que siempre nos decía que allá nosotros y mamá…”

     Y es que yo, desde hace mucho pasaba por la Navidad mirando para otro lado, convencido de que esa historia no iba conmigo, como si el 21 de diciembre fuese el 8 de enero: yo,  el raro ejemplar que nunca vio el anuncio de la Lotería de Navidad de 2016 y a fecha de hoy, tampoco el de 2017, por muy Amenabar que sea…
     Pero… plasticidad neuronal, ergo plasticidad funcional, o dicho de otro modo, que de cambio está hecho el hombre (y la mujer). Y es por ello que  en pleno verano, con los rigores de los cuarenta y pico grados del mes de julio, me arrepentí de no haber cantado villancicos en los últimos tropecientos años.

     Loretta Cornejo tuvo la culpa. Por entonces me hallaba leyendo  su libro Cartas a Pedro,  y en uno de sus capítulos, ésta psicoterapéuta escribe sobre lo que ella llama “fechas movilizantes”, esas fechas que “a algunas personas las moviliza de modo bueno, alegre, las llena de energía”, pero para otras “por desgracia su mayoría, les moviliza las angustias, las pérdidas, las carencias… … la necesidad de alegrarse a toda costa, etc…»  » …otros sienten que son fiestas donde hay demasiadas presiones acerca de los afectos, de ser feliz, de hacer feliz, de dar y recibir cuando se está agotado”. La navidad era una de ellas.
    Cuenta Loretta que “existen pacientes a los que las Fiestas de fin de año los deprimen, porque hacen un balance del año y se conectan con la falta, con la carencia, más que con lo obtenido o recibido. Algunos sienten que están solos, que no tienen pareja, que no han realizado los propósitos que se hicieron el año pasado; otros creen que el tiempo está pasando y la vida no les ha dado nada de lo que querían. Otros recuerdan más las ausencias que las presencias”.

     Hasta aquí poco nuevo para mí, ni siquiera acerca del lugar que ocupo  en el continuo “movilizante”  (los años de estudio de psicología me han convertido en  un permanente, aunque imperfecto, oteador de mí mismo). Pero unos párrafos más abajo leí algo que  hizo frenar bruscamente  mi placentera lectura, que me llevó al otro lado de la mesa, a la perspectiva del otro:  Fue cuando Loretta relata lo que le contó un paciente en terapia: “En mi casa Navidades era sinónimo de pena. No sé por qué pero mi padre siempre estaba renegando y mi madre con una cara de pena porque decía que se acordaba de sus padres que ya no estaban, y que ya la vida no era la misma. Yo recuerdo que pensaba “¿y eso, qué tiene que ver con nosotros, que sí estamos vivos?”
    ¿Qué tiene que ver con nosotros, que sí estamos vivos? Durante años había pasado este detalle por alto: los demás, porque como reza el primer axioma de la comunicación de Watzlawick, es imposible no comunicar, y por ello, aunque nuestro propósito sea no influir en los demás, en la práctica es ésta una cuestión utópica, porque siembre hay alguien cerca de nosotros de una u otra manera, alguien que merece que le devolvamos ilusión y, al menos, un poco de magia.

     Loretto, a nivel profesional,  considera   “importante trabajar todas estas fechas con los pacientes, porque son parte de la niñez perdida, pero que no ha muerto, sino que permanece aún en los corazones. Nosotros (los psicólogos) serviremos para ayudar a hacer los cambios, dar ideas para la magia, brindar fuerza y energía para llevar  a cabo algún fin de año, un año especial para cada uno; y además, ser parte activa de su propio mundo, de su propia familia, de transmitir la magia a sus niños, a su pareja, amigos, como herramienta y excusa para jugar nuevamente, para sonreir, para iniciar la búsqueda del objeto, del detalle, de la tarjeta que hará sonreir al otro en medio de lo que esté haciendo o sintiendo.”
     Quizás sean estas fechas movilizantes un buen momento para que todos, en la medida que nos sea posible, cambiemos la figura por el fondo, hagamos de los balances de lo que pasó un impulso a los proyectos de lo que vendrá, que nos pongamos del otro lado y del lado del otro, y recordemos más las presencias que las ausencias, lo que la vida nos ha dado más que  lo que nos falta…. Yo ya he empezado poniendo las luces al árbol, que es tarea fácil; lo demás prometo comenzarlo mañana.
Obras referenciadas:

Cartas a Pedro. Guía para un psicoterapeuta que empieza. Loretta Cornejo (Ed. Desclée De Brouwer, 2010)

Teoría de la Comunicación Humana. Watzlawick, Bavelas y Jackson (Ed. Herder, 1991)