
La mesa donde mi hija Ana hizo sus primeros garabatos era un panel de pladur y cristal. Habíamos escondido la fría escayola bajo un papel adhesivo que exhibía un manto de cantos rodados a semejanza del lecho de un río. Un día de campo encontré una piedra igual que las del papel y la guardé. Cuando llegamos a casa puse la piedra encima de la mesa de Ana y la llamé. Le conté que la magia de papá había conseguido que una de las piedras de debajo del cristal se hiciera real. Ana cogió la piedra con la cara transformada por el asombro y salió corriendo a buscar a mamá para contarle el prodigio que había hecho la magia de papá.
Años después ya no pretendo hacer magia, sólo facilitarla: la labor del psicólogo a menudo consiste en guiar a la persona que vive atrapada en un mundo plano, para que consiga por sí misma extraer la piedra de la imagen, porque un mapa nunca es el territorio. El psicólogo en la sombra, la persona descubriendo su propia magia. Nada más. Nada menos.
