La pérdida de un ser querido: cuando el “alma” duele.

La pérdida de un ser querido: cuando el “alma” duele.

No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida.

              Elegía. Miguel Hernández.

 Duele, perderte duele… 

      Cuando de sufrimiento se trata, poco hay que se asemeje al que nos invade cuando perdemos a un ser querido. Por su persistencia, por su intensidad y por el amplitud de ámbitos que afecta.

La crueldad del sufrimiento en el proceso del duelo.

     A la intensidad, la persistencia y la amplitud de áreas a las que afecta el dolor por la pérdida se le puede sumar la dificultad para encontrar salida, para hallar de nuevo el sentido de la vida. Esta condición añadida es la que convierte en cruel ese dolor. Decía Marcel Proust que a idea de que uno morirá es más cruel que morir: pero menos que la idea de que otro ha muerto. Cuando este dolor se convierte en un  laberinto del que no podemos  salir; cuando no  quedan fuerzas para luchar por ilusiones que incluso  nos parecen irreverentes, entonces el sufrimiento se convierte en sufrimiento cruel y es esa crueldad la que nos puede arrastrar a caminos malsanos.

¿Es normal lo que me pasa tras la muerte de un ser querido?

     Cuando un ser querido fallece, esta pérdida se manifiesta a través de todo lo que somos:

  • De nuestras emociones: enfado, culpa, ira, tristeza, apatía, impotencia, angustia, miedo, etc.
  • De nuestro ámbito cognitivo: alteraciones de la atención, dificultad de concentración, incredulidad, confusión, pensamientos recurrentes  o rumiativos, alucinaciones auditivas y/o visuales, etc.
  • De nuestro cuerpo: falta de energía, taquicardia, presión en el pecho, dificultad en la respiración, intolerancia al ruido, etc.
  • De nuestro comportamiento: aislamiento, problemas de sueño, alteraciones de la alimentación, acercamiento impulsivo o bien evitación de lugares o de objetos relacionados con la persona fallecida, disminución de la actividad o bien hiperactividad, etc.

     Es normal que aparezcan estas manifestaciones en lo que se ha llamado proceso de duelo y se han incluido en una serie de etapas que han sido definidas como fases del duelo. Muchos estudios han evidenciado que esas fases están presente en la mayoría de las personas que transitan por la pérdida, pero también se ha comprobado que no siempre se dan todas ellas y que el orden que se suceden no sigue un patrón fijo. Las fases del duelo describen un proceso normal e incluso para algunos psicólogos reflejan cuándo el duelo entra en terreno peligroso. 

     Sin embargo, para los psicólogos contextuales (Terapias de Tercera Generación) la normalidad o no normalidad no radica en una serie de fases que fundamentalmente sirven para definir al individuo medio; consideramos, por el contrario, que la normalidad no es cuestión de valores medios sino de la realidad de cada persona considerada como ser único.

¿Cuándo debo pedir ayuda?

     Cuando con el transcurrir del tiempo el dolor va en aumento y no lleva a asimilar la pérdida sino a caminar en círculo produciendo con ello problemas en nuestro funcionamiento, en ese momento estamos ante un duelo complicado y necesitamos ayuda. Varios estudios estiman una prevalencia entre el 7% y el 20% de duelo complicado.

     Los manuales diagnósticos no han logrado consenso en el horizonte temporal en cuanto a la elaboración del duelo. Además ese horizonte definiría al individuo medio. Los terapeutas contextuales nos centramos en la persona, en cada persona. Es su historia personal, sus vivencias, sus valores, su contexto verbal el que va a definir tanto su conducta como sus emociones y cogniciones ante los eventos que ocurran en su vida. Y es a ello a lo que le prestamos atención. Cada persona es única y también lo es su dolor. Conectar con su historia y con su dolor es el primer objetivo del terapeuta. Ahí se inicia el camino, el camino de las lágrimas por la muerte que desemboca en el camino que lleva a lo importante en la vida. Solo entonces, una vez que la persona se encuentra ya en ese punto del trayecto en el que la mirada atrás ya solo refleja ternura, solamente ahí… el terapeuta cierra ya la puerta de su consulta,  con la misma ternura en la mirada.